Bicentenario: vivir del cuento

Por Adriana Álvarez Sánchez

Después de doscientos años, el desfile patriótico de la Independencia de México sigue representando un gasto sin límites. Los artistas -quizá el grupo de participantes más grande del evento-, tienen la oportunidad de realizar su trabajo con una remuneración bastante elevada.

Por desgracia, esto no nos garantiza una igualmente alta calidad en los espectáculos, y mucho menos evidencia una reflexión de los autores sobre el significado de la efemérides.

Más allá de una ejecución correcta y de utlizar una producción fastuosa, la danza requiere de conceptos, de pasión y de un lenguaje que muestre el planteamiento y desarrollo de una idea.

En 1910

Porfirio Díaz decidió celebrar el Centenario de la Independencia con diversos eventos internacionales y la construcción de nuevos monumentos.

Tres años antes había conformado una comisión para organizar todas las actividades: la iluminación de los altos edificios del centro histórico, congresos internacionales co temáticas que iban desde la medicina y la higiene hasta la historia y la arqueología, y la fundación de la Universidad Nacional de México, cuyo proyecto había sido propuesto desde los años ochenta del siglo anterior. Además, se realizó un gran desfile con carros alegóricos y aparecieron grupos de personas disfrazadas de apaches. Se paseó la pila bautismal de Miguel Hidalgo y se organizó un acto de honores a la bandera en masa.

El registro de aquellas celebraciones quedó plasmado en la Crónica del Centenario y en los muchos documentos históricos resguardados en diversos archivos y bibliotecas.

En 2010: ¿el año de los artistas?

A cien años de aquella primera celebración, México cuenta con profesionales en casi todas las áreas del conocimiento. Parecía que este sería el año de los historiadores, y lo es, aunque únicamente para escribir sus reflexiones e impartir conferencias. La fachada, ante un público masivo que poco lee, quedó en manos de los artistas.

Entre estos creadores se encuentran los músicos, coreógrafos y bailarines que participaron ampliamente en el desfile de este 16 de septiembre para el cual se gastaron 600 millones de pesos.

Alejandra González Anaya , creadora del ámbito dancístico, fue la encargada de la coreografía aérea representada frente al propio Palacio Nacional. Ella misma afirmó a la revista Proceso que no fue censurada para realizar el “concepto” de su obra, misma que constó de tres segmentos: Lucha, Ayudas y Vuela México.

La anécdota refiere el supuesto carácter del mexicano que cuando ve a otro que sube -no se sabe a dónde- , tira de él para derribarlo. González Anaya afirmó, además, que “necesitamos un líder, alguien que nos organice y así iniciar la armonía”.

En esta obra no hay concepto: hay un mensaje de carácter mesiánico. ¿No era este el año en que los artistas podrían crear y mostrar que su trabajo es profesional, no sólo en la ejecución, sino en la creación misma?

Por su parte, la escenógrafa Mónica Raya desarrolló la temática de héroes y mitos de México. Hizo desfilar una imagen de Quetzalcóatl por Reforma, del mismo modo que, hace ya cien años, la recorriera la pila bautismal de Hidalgo. Para la creadora, las deidades antiguas representan el presente de nuestra sociedad. ¿Cómo? Para reelaborar el significado de las deidades, según ella, recurrió a dos representaciones “poderosísimas” de la serpiente que se concretan en “algo que se arrastra” y un globo que vuela.

¡Qué novedad!

Por si esto fuera poco, hicieron entrada en escena 30 zancudos para representar “los mitos de la poesía, el cine y el teatro”, acompañando a las serpientes. Esos personajes fueron María Félix, Rosario Castellanos y el Chavo del Ocho. No son mitos, sino estereotipos.

Es una verdadera lástima que los artistas de danza llamados a colaborar en el desfile de la Independencia no tengan nada más que decir. Quizá habría que plantearse la existencia de la censura en relación al concepto de una creación. En este caso, la censura externa no fue necesaria…