El Danzón: baile de reglas claras y caminos gozosos

Danza de caderas levemente dibujadas con el ritmo exacto de una pareja que no se acerca de más ni de menos, simplemente baila, porque bailando detiene el mundo para crear con su pareja. Todo se detiene en esta acción primigenia en la que un hombre y una mujer crean el universo. Equilibrio perfecto. En este baile todo se vale, menos la frivolidad.
La complicidad entre los que bailan se percibe apenas el caballero posa la mano en la espalda de la dama. La mirada comunica el acuerdo tácito de vivir juntos, por un momento, la vida. Ambos saben cómo será este arrullo, con qué intensidad se entregarán los cuerpos en la armonía de la sensualidad contenida.
En el danzón, el hombre dirige el rumbo del ritual y controla a la mujer a través de su propia cadencia y la sutil fuerza de su mano en la espalda. La seducción de su baile llena el espacio, porque ambos, aun sin conocerse, conocen los códigos de su danza.
La mujer que sabe bailar sabe mecerse en los brazos de su compañero. La que lo percibe y expresa su inteligencia en una suerte de acoplamiento. La mujer, en una situación límite voluntariamente se abandona y deja que su pareja decida el destino de su baile.
En el danzón, te depositas voluntariamente en el otro, cedes tu espalda y tu cintura a la mano de aquel hombre que no habla, no discute, no amenaza, sólo te toca. Dirige diestramente tu cuerpo hacia lugares lejanos, un mundo de dos donde la mujer placenteramente se somete a los cadenciosos designios que dicta este hombre que no conoce, pero que embiste desde los primeros acordes como el más perfecto, el más gentil, el de elegancia desmedida.
Danzón, danza que detiene el caos del mundo y provoca el embrujo de la sensualidad contenida. Baile de códigos precisos, de reglas claras y caminos gozosos.

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