Guillermina Bravo

Guillermina Bravo, un parteaguas en la danza mexicanaPor Gabriela Jiménez Bernal

Sin ella, la danza mexicana contemporánea no sería lo que es hoy. Ha dejado una huella imborrable. Un legado difícil de superar. Es una mujer que podría hacer alarde de egolatría con justa razón; sin embargo, ha alcanzado grandes honores con profunda sencillez. Por esa razón fue, es y seguirá siendo un pilar en el universo dancístico nacional e internacional.

Cuando su nombre es pronunciado, la historia se detiene. Es pieza clave en el arte del cuerpo en movimiento. En palabras de quien es considerada una de las mejores investigadoras de la danza en México, Margarita Tortajada, Bravo representa el tránsito de la danza moderna a la contemporánea. Además, ha sido una de las máximas formadoras de talento: por las filas de su Ballet han pasado los más sobresalientes bailarines y coreógrafos de la danza contemporánea, donde se han inspirado para formar nuevas agrupaciones.

La Escuela Nacional de Danza la vio por primera vez. Ahí realizó sus primeros estudios de danza clásica, moderna y vernácula.  Sin embargo, fue Waldeen, reconocida bailarina norteamericana, quien descubrió en la pequeña Guillermina un talento en potencia, a quien invitaría a participar en el Ballet de Bellas Artes, que ella dirigía y que es considerado el Grupo iniciador de la danza moderna en México.

El apasionamiento atrapó a Bravo. Su inquietud y su perseverancia se impusieron. Emprendió una formación autodidacta como coreógrafa, hasta que más adelante creó con Ana Mérida, un Grupo de danza moderna bajo el nombre de “Ballet Waldeen”.

De Bravo hay que enaltecer su preocupación por la docencia. Estaba convencida de la importancia de profesionalizar al bailarín. Cuando el INBA se crea por decreto presidencial, ella, junto con Ana Mérida, organizan y dirigen la Academia de la Danza Mexicana, cuya enseñanza incluía el estudio libre de las técnicas autóctonas y de la danza moderna.

Uno de los principales vehículos para transmitir su conocimiento fue el Ballet Nacional de México, que fundó en 1948. Si bien esta Compañía ya no existe (se desintegró por decisión de su fundadora), ha pasado a la historia como uno de los máximos centros de enseñanza de danza moderna y contemporánea del país.

La desintegración de esta emblemática compañía fue inminente, pero Bravo mantiene su espíritu de formar a nuevas generaciones de bailarines a través del Colegio Nacional de Danza Contemporánea, ubicado en la ciudad de Santiago, Querétaro.

Desde hace 17 años, esta institución educativa ha sido de las principales alternativas en México y Latinoamérica para los jóvenes interesados en desarrollarse profesionalmente en la danza contemporánea. Quienes ha formado parte de su matrícula, saben que lo aprendido en las aulas va más allá de la teoría, pues la capitana de este barco formativo fue una master en los escenarios dancísticos nacionales e internacionales.

Interminable es la lista de los legados de la maestra Guillermina Bravo. Lo que no puede quedar fuera es el tránsito que hizo por distintas y variadas etapas estilísticas y conceptuales dancísticas. Su creatividad ha transitado desde tendencias nacionalistas, temas urbanos y mágicos rituales indígenas, comportamiento humano, indagaciones épicas, históricas y literarias, hasta  la exploración del espacio escénico por medio de formas geométricas y lucha de opuestos, entre muchos más.

Ha sido una mujer constantemente galardonada. Sobresalen el Premio Nacional de Arte y el Doctorado de Honoris Causa de la Universidad Veracruzana. Actualmente es miembro de honor de la Alianza Mundial de la Danza-Americas (World Dance Alliance-Americas).

Guillermina Bravo es de las pocas sobrevivientes de lo que podríamos llamar la época dorada de la danza nacional y sigue en pie. Su amor por la danza la ha convertido en una mujer fuerte, pero sobre todo, en una artista de infinita entrega y pasión