La noche está en cuba

Por David Domínguez Herbón

Llegar a Cuba es fácil: no hace falta barco. En trolebús, en metro, en taxi, en coche… Caminando de noche, se llega a Cuba. El cielo negro permanece quieto, y abajo todo se mueve. Le gente aguarda afuera de los antros, fumando, bebiendo, besándose. La mayoría son hombres, aunque muchos de ellos no superan los 18 años. La edad no importa, ni la hora, salvo para cerrar filas.

Entrando desde el Eje Central, uno se encuentra con el Viena, el café de la calle, el café de los de esta calle. El murmullo y la luz se salen del local, nada se queda adentro. Es un lugar tranquilo, con cervezas y mucho movimiento de gente. La gente espera a otra gente, la gente queda allí para esperar. La barra domina incluso la entrada, y los meseros sirven a los parroquianos en sus mesas. La antigüedad de este local es eterna. Hay una violencia revolucionaria, que sorprende y deja perplejos a los ajenos al lugar. Uno permanece estático, mientras afuera, en su fachada de cristal translúcido, una línea de varones espera, toma aire, respira y entra de nuevo, al mismo café o al siguiente local: el Oasis.

Refugio de antaño, el Oasis es un cúmulo de decoraciones luminosas, pintura fluorescente, globos y plumas. La música de banda, la cumbia, la salsa, el duranguense, enturbian el local, poco ventilado por la masa de gente que se agolpa en la pista central para danzar. Los estilos se copian, se imitan, como en los videoclips. Todo parece una fiesta. Mientras unos bailan, otros esperan en las mesas. Se violentan los observados, y la presencia de un extraño hace más patente este sentir. Hacia la entrada, viendo desde adentro, una barrera de hombres, más adultos que jóvenes, observa, contempla y explora. Esperan un encuentro, un cuerpo quizás. En las barras, los que esperan que alguien llegue son atendidos por los meseros, que cobran antes de servir. La cerveza es la reina, la única mujer del lugar. Las luces cambian, y las parejas también. El encuentro es este lugar, este oasis.

Siguiendo el ritmo de la calle, se encuentran puestos de comida, abarrotes, vida de barrio, de vecindad. Suciedad en el suelo, humo en el aire, noche en las caras. El paso se acelera a la vista de alguien conocido o de un grupo de desconocidos. Se busca un nuevo local que abre, otro que se conocía pero que ya no está, la esquina donde ocurrió otra noche. La patrulla pasa lentamente, buscando sus problemas. El puesto de hotdogs a la puerta del local anuncia la llegada.

El Pare de sufrirts! es nuevo, algo más “intelectual”, un poco más “universitario”. La música es más electrónica, tiende al pop y a las dj sessions. Los globos y las plumas están aquí sustituidos por las luces láser y los efectos especiales. El humo cubre el suelo del local, y las pequeñas barras sólo dan servicio a los meseros. El baile es menos ordenado, más ecléctico, y los presentes recurren a sus propios recursos, a sus recuerdos o a sus posibilidades. No hay reglas para el baile, ni invitaciones: se puede sacar a bailar a quien lo permita. No hay violencia, sino sólo pose. Espectáculos, montajes de travestis y striptease masculino, partes altas para los duelos de exhibición y baños compartidos se funden por zonas. Afuera se agolpan los fumadores, que buscan el contacto de los transeúntes contra las paredes. Los taxis se detienen a la entrada esperando su pasaje, que muchas veces se va acompañado.

Frente a él, El Marrakech. Es ya un clásico de Cuba. La gente se agolpa afuera y adentro. La revisión a la entrada ni siquiera es exhaustiva. Es un lugar para el roce de los desconocidos, para la mezcla de sudores. La masa se mueve como un solo animal en trance. La música electrónica se mezcla con los éxitos de ayer, de hoy y de siempre. Las luces y el humo se pegan a la piel y a los gritos de la masa informe. No hay baile, ni danza, sino sólo aquelarre de cuerpos. El baño es inalcanzable, a veces la barra también, y la salida se pierde de vista. El éxtasis es posible en todos sus sentidos, y no hay espacio para los derviches del duranguense, ni para la salsa o la cumbia, sino sólo para el grito cantado, el desahogo y la risa. La violencia es producto de la masa, y en la masa se queda.

Tres de la mañana, los antros cierran. A veces antes, a veces después, pero cierran. El camino de vuelta a casa se hace tortuoso por la noche oscura y sordo por el ruido en los tímpanos. Mañana volverán a su violencia, a sus danzas y sus ruidos, a la pareja y a la masa.